ABANDONO DE CRUCERO

San Vicente y las Granadinas: Bob Marley vive… ¡y yo le he conocido!

El país se compone de 32 islas, alguna de ellas con las mejores playas del Caribe. (Foto: J. A. Ruíz Díez)
El país se compone de 32 islas, alguna de ellas con las mejores playas del Caribe. (Foto: J. A. Ruíz Díez)
El país, al norte de Venezuela, entre Santa Lucía y Granada, se compone de 32 islas y, en algunas de ellas, se pueden encontrar algunas de las mejores playas del Caribe.
¿Sabíais que existía este país? ¿Que son unas islas preciosas en pleno Caribe y que hasta el mismo Johnny Depp pasó allí un tiempo? Hoy, por segunda vez en Travelzungu, después de Belice, nos vamos a las turquesas aguas de ese maravilloso mar.

Hemos recorrido juntos muchas islas por el mundo, especialmente del Pacífico, pero en esta ocasión nos vamos a América, en concreto a las Antillas Menores (que a su vez forman parte de toda esa cadena serpenteante de islas que parecen querer llegar, según el mapa, a los “Iunaited-esteits-of-america-guotsapmén-yesgüiquén”).

Pues venga, de la isla de Samoa y su baile del fuego y pegamos un “saltico” de más de 12.500 kilómetros y aterrizamos en San Vicente y las Granadinas. Aunque todos sabemos que a todo ese pocotón de kilómetros en línea recta se encuentra San Vicente, voy a dar algún dato más para que ubiquemos con precisión esta pequeña nación.



Exactamente está al norte de Venezuela, entre Santa Lucía (no la empresa de seguros) y Granada (ni la de la Alhambra ni la de mano) que también son países tan soberanos como España. Tardó más que muchas otras islas en ser ocupada por los europeos porque había unos indígenas que tenían una mala leche terrible y no fue hasta el siglo XVIII que empezamos a hacer nuestros destrozos.



El país se compone de 32 islas y, en algunas de ellas, se pueden encontrar algunas de las mejores playas del Caribe. Yo llegué allí de una forma poco ortodoxa ya que me encontraba en un crucero por la región (iba sólo. Si, si, sólo. La gente también va sola al cine y no les pasa nada, ¿no? De paso evitan que le metan la manaza en el macro-cubo de palomitas) y se me metió entre ceja y ceja ir a San Vicente así que me bajé del barco, me fui a un aeropuerto, cogí una avioneta y puse mis dos patas de pollo en Kingstown, la capital del país.



En el barco alucinaban… Pero yo me despedí con un “¡volveré!”. Lo primero que hice fue ir al puerto a caminar un rato para ver cómo era aquello y, oye, tiene su buen desarrollo. Una ciudad caribeña sin grandes “¡oh ¡ah! ¡guau!” pero decente. Me sorprendió realmente la catedral católica, de nombre Santa María, porque te traslada a Inglaterra. ¡Qué arquitectura! Rara vez he visto yo una catedral así en el Caribe. Impresionante e indicativa de algunos de los orígenes coloniales de esta isla.



Tras una vuelta de reconocimiento, me dispuse a buscar alojamiento. Encontré uno que estaba algo lejos del puerto en medio de una montaña y allí empezaron las risas. Estaba yo sólo en toda la propiedad (que no era pequeña) y sólo una chica (que no era tan pequeña sino más bien de grandes volúmenes) atendiendo el lugar. Me empezó a contar que se aburría mucho allí y tal, que no había muchos clientes… Me enseñó la habitación, se lo agradecí y me dispuse a entrar en el baño. Es que en los cruceros te ceban…

Pero la chica no se iba y me dijo: “Mira, aquí tienes para hacer café…”. Y yo: “Sí, gracias, ya luego me cuentas con detalle si tengo alguna duda…”. Y ella: “¡Ah! y aquí puedes poner tu ropa…”. Y yo: “Mira que conveniente… pues genial y, ahora, si me permites…”. Y ella: “Y… ¿Qué tal todo de donde vienes?” (mientras se contoneaba). Y yo pensé para mis interiores y ante la premura de mis necesidades: “Mira, de verdad, si no tuviera que plantar un pino lo mismo hasta nos poníamos románticos pero vete, ¡vete yaaaa!” y cerré el momento con un: “Luego te lo cuento, ¿ok? tengo que atender unos asuntos…”. Y ella, con cierta decepción en la cara, desistió y se fue.



Luego nos encontramos en la recepción ya que bajé a comer algo (estábamos en medio de la nada). Me dijo que allí no servían comida porque el cocinero no estaba trabajando al no haber clientes (y yo que era, ¿un cocotero? Pero bueno, mi repentina llegada tampoco ayudaba). En ese momento llegó la señora de la limpieza y, entre los tres, compartimos lo que encontramos por la cocina.

La conversación se tornó religiosa sin querer y no paraban de decir cosas como: “Fíjate lo que dijo el sacerdote católico o el adventista o el anglicano…”. A lo que la otra respondía: “Pues anda que lo que hizo el evangélico o el metodista o el pentecostalista…”. Y seguían: “Pues los hindúes y los musulmanes ni te cuento…”. Y la otra: “Por no mencionar a los rastafaris y los testigos de Jehová…”. Yo estaba como en un partido de tenis con un tarugo de pan en la mano. Me pareció detectar ciertas rencillas religiosas insulares…



Al día siguiente me puse en marcha para explorar la isla y busqué a alguien que pudiese llevarme a varios sitios. Y allí le vi… era Bob Marley en persona. Con sus rastas, con su porro en la mano, con sus colgajos y con su reggae a tope sonando en el coche. Le pregunté: “Hey, hermanasso, ¿ese enano y destartalado taxi es tuyo?”. Y me respondió con un solemne: “Yaman” (que es como los jamaicanos dicen “si”).

Estuve a punto de pedirle que se marcara un “No woman no cry” pero primero negocié con él y en un cataplasma estábamos los dos cantando a grito “pelao” el “No woman no cry” por la costa entre la mareante humareda de su “cigarrito”. Cada cinco minutos tenía como un tic y me lo pasaba pero yo le decía que bastante tenía ya con el mío sin tropezones.



Bob y yo nos fuimos a la Bahía de Wallilabou. ¿Y qué hay allí? ¿eh? ¿eh? Pues un lugar que hará las delicias de todo fan de las películas de Piratas del Caribe ya que allí se rodó en 2003 la primera entrega de la saga. También provocará los suspiros de las muchas enamoradas de Johnny Depp buscando algún pelo de su rebelde mata entre las rocas.

El set está conservado decentemente y hay un bar pirata genial donde Bob y yo nos tomamos un “ronssito”. Se pueden ver hasta los detalles del rodaje y otras cosas relacionadas con la película aparte de estar en un lugar precioso. Pasamos el día por aquí y por allá descubriendo paisajes fantásticos y tranquilas vistas tropicales.



Al día siguiente me propuse conocer las Granadinas y me cogí un ferry a Bequia. Playita, pescadito, cervecita, buen buceo… Me lo pasé genial allí con la gente, conversando, disfrutando, viviendo. Y los días pasaban y llegó el momento de volver al aeropuerto, de coger otra avioneta y volar al lugar al que mi barco, el crucero, había llegado en los días en los que yo había estado en San Vicente.

Me presenté en el puerto, entré en aquel tremendo “barcototote” y le dije a la sonriente marinera que me dijo adiós al bajar: “Ya estoy de vuelta. ¿Todo bien por aquí?”. Le guiñé un ojo y seguí rumbo a mi camarote. 

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