UNA ESCAPADA

Georgia: Tiflis, una auténtica ciudad con encanto en Asia

Tiflis es la ciudad de Georgia. (Foto: J. A. Ruiz)
Tiflis es la ciudad de Georgia. (Foto: J. A. Ruiz)
El país se encuentra a orillas del Mar Negro, al sur de Rusia, al oeste de Azerbaiyán y al norte de Turquía y Armenia; es muy montañoso y uno de los primeros del mundo en convertirse al cristianismo.
¿Países pequeños con mucho que ofrecer? ¿Lejos y cerca al mismo tiempo? ¿Belleza arquitectónica y natural de altura? ¡Georgia! No, no la Georgia de Estados Unidos si no la del Cáucaso. Un país que os va a sorprender seguro. Pues dejamos la “pared de tiburones” de Rangiroa en el Pacífico y nos vamos a Asia a disfrutar de un país genial y que recomiendo a todo el mundo. ¡Vamos allá!

Para empezar, vamos a ubicarnos. Este país se encuentra a orillas del Mar Negro, al sur de Rusia, al oeste de Azerbaiyán y al norte de Turquía y Armenia. Es muy montañoso y uno de los primeros países del mundo en convertirse al cristianismo.

Por otro lado, fue una de las repúblicas que componían la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y suele ser la nación preferida de la región para los visitantes (para mí todos son geniales y no tengo realmente favorito). Lo primero que me sorprendió fue la sensación de no estar en Asia sino en Europa.



La capital, Tiflis (Tbilisi), podría perfectamente ser una ciudad europea por su arquitectura y “feeling” en general. Por eso digo que está lejos y cerca al mismo tiempo. Bueno, en distancia… ¡pues no está precisamente a la vuelta de la esquina!



Ya sé que el título de este post parece más de un folleto de agencia de viajes que algo que haya salido de mi boca pero es que, encanto, Tiflis tiene mucho. Aparte es bonita de día y, de noche, todavía más. Calles peatonales, terrazas con vides, cafés muy cucos, edificios clásicos, su río, sus puentes, sus iglesias, sus montañas…



Una delicia para disfrutar con calma y pasear. Me paro un momento en esto de las iglesias porque, al igual que Armenia, tiene muchas y algunas espectaculares. Pero como en el caso de ese otro país del que un día os hablé, hay mucho más que templos en Georgia.

La comida merece mención. Habiendo mucha carne, lo que más vais a comer si vais serán los khinkali (una especie de dumplings -bolas de masa cocidas con cosas dentro como queso o champiñones-) y, sobre todo, el khachapuri (pan plano relleno de queso u otros ingredientes). Madre mía, ¡cuanto khachapuri se llega a comer! Claro, lo hacen en todos lados y es buen amigo del bolsillo. A mí se me salía por las orejas. Recuerdo hablar con otros viajeros sobre el asunto y estaban todos igual.

Tras varias cervezas, creamos incluso un movimiento ultra  anti-khachapuri con manifestación y todo por las calles porque aquello no era normal. Eso sí, si tenéis que pedir uno, que sea el “acharuli khachapuri” pero ojo con pedir el tamaño “titanic” a menos que queráis llevar un tupper todo el viaje con vosotros para no tirar lo que os sobre (que será mucho).

Hice muchos amigos allí. El eslovaco que conoció una georgiana y venía a ver si la cosa progresaba, el alemán que venía en bicicleta desde Alemania (¡ole tus… pedales!) o el americano espeleólogo que todavía no tengo muy claro qué carajos hacía allí. Reconozco que en este viaje me rodeé de extranjeros pero no fue a propósito. Supongo que ser miembro del MUAK (Movimiento Ultra Anti-Khachapuri) crea fuertes lazos de hermandad.



Salíamos todos los días y hacíamos gala de nuestro creciente conocimiento de las costumbres locales georgianas como lo es el brindis. ¡Los larguísimos brindis! ¡Y tan largos! Allí todos y cada uno de los presentes suelta un panegírico a modo de disertación bizantina en longitud sobre mil movidas. Y hay que ser creativos. Si dices “¡Salud!” solo, te caen collejas hasta que echas el khachapuri.



Así que tras tres horas de “speeches” comunitarios, te pegas tu trago. Imagino que se debe a que en alguna época el alcohol escaseaba y había que alargar las veladas lo máximo posible. Ya sabéis, como las películas de Bollywood que duran cuatro horas.

Algo bueno de Georgia es que es barato y que la gente sale mucho por lo que la ciudad está normalmente bastante animada. Los restaurantes con sus acogedoras terrazas, cafés como el Carpe Diem o bares alternativos como el Bauhaus son geniales para entablar conversación con los georgianos.



La mayoría de ellos habla ruso aparte de su idioma nativo y el inglés todavía no está lo suficientemente extendido desafortunadamente pero su curiosidad por hablar con un español 100% era notoria. Como en Armenia, tuve la sensación de que las mujeres prefieren a los extranjeros (no porque ligase con ninguna pero era algo que escuchabas de diferentes fuentes).



La gente que conocí no era especialmente extrovertida en general. Algunos tenían hasta carácter agrio y recuerdo alguna camarera que no sonrió en toda la noche y te tiraba los platos a la mesa como si le dieran puntos por hacerlo. Pero había también gente muy maja. Independientemente del carácter de algunos, lo que sí hacen todos es fumar y lo hacen en cualquier lado. También los taxistas, “autobuseros”… “to quisqui”… Fuman tanto como las veces que se santiguan en iglesias y por la calle ¡que son muchas!



Una de las cosas que más disfruté (al margen de las bondades del país) fueron mis alojamientos. Hay hoteles para todos los gustos pero yo me quedé en un lugar… que lugar… ¿os imagináis una comunidad hippie de los 60s? Pues casi, casi… De traca. Todos allí en tropel durmiendo en colchoncillos por el suelo… Pero yo encantado de la vida y gastándome el dinero en otras cosas como… los khachapuris…



Me moví mucho por la ciudad (se puede subir en funicular a la montaña que tiene una vista increíble) y por sus bajos, el metro. Que es profundíiiiiiiiiiiisimo y siempre hay mujeres con cara de pocos amigos vigilando al terminar cada escalera por si haces algo. Reminiscencias soviéticas que siguen vigentes todavía.


Pero tened cuidado de no moveros muy temprano porque allí todo abre tarde. Será que no les gusta madrugar demasiado pero también es cierto que no cierran pronto tampoco. Y en Georgia hay mucho más que su capital así que ya seguimos otro día y os lo cuento que os va a gustar.



Antes de despedirme por hoy, os comento que pasado mañana se cumplirán dos años de TravelZungu. Han sido dos años de aventuras escritas y destinos curiosos. Quiero agradeceros, a todos los que me seguís, el hecho de leerme cada semana (o de vez en cuando). Con eso me doy por satisfecho.

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