EN MEDIO DE LA NADA

Georgia, un país fascinante de montañas, desierto y vino

Georgia nos ofrece paisajes espectaculares. (Foto: J.A. Ruiz)
Georgia nos ofrece paisajes espectaculares. (Foto: J.A. Ruiz)
Impacta de Georgia la infraestructura turística que tiene en comparación con sus vecinos. No sólo tienen mucho que aportar sino que, además, disponen de una red de agencias, transportes y profesionales bien organizados
En el anterior post comenzamos a descubrir este pequeño pero fascinante país. En concreto, su capital, Tiflis. Hoy salimos del bullicio capitalino para recorrer parte de una geografía llena de sorpresas. Así que, si no leíste el post anterior, aquí te lo dejo y seguimos. ¡Vamos allá!

Uno de los aspectos que más me impactaron de Georgia es la infraestructura turística que tiene en comparación con sus vecinos. No sólo porque tienen mucho que aportar tanto al viajero como al turista sino que, además, disponen de una red de agencias, transportes y profesionales bien organizados para llevarte a casi cualquier lugar.

Os voy a contar algunos de estos lugares, los más sencillos de alcanzar, para que no digáis que sólo os meto en infiernos lejanos y complejos, ¿eh? El primero, que está cerquita de la capital y entre los ríos Aragvi y Mtkvari, es la antigua capital del país, Mtskheta (madre mía, vaya nombrecitos. Que cada uno los pronuncie como pueda).



Es un lugar muy bonito, turístico y con tienditas para comprar dulces típicos y souvenirs. Allí destaca la iglesia Svetitskhoveli donde la leyenda y la tradición indican que se encuentra guardada la túnica de Cristo… Esta población es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y algunas de sus construcciones datan del catapún chimpún. ¡Desde la iglesia Jvari (del megarrecatapún) tendréis una buena vista de todo!



Y aunque ver algunas iglesias de tiempos inmemoriales está muy bien, lo que más disfruté yo en Georgia, aparte de la capital, fue la naturaleza y los paisajes. Ir a Kazbegi es un ejemplo sencillo. De camino hacia al Norte (por la estupenda vía militar georgiana), se pasa primero por el complejo de Ananuri con su fuerte y sus iglesias. Es genial para perderte por las torres y sus recovecos. Pero ojo, ¿eh? Que hay unos agujeros en el suelo que si te despistas bajas unos pisos rapidito.



De fondo tiene el embalse de Zhinvali que os va a sacar unas fotos como postales. Precioso. Después se llega a Gudauri donde el paisaje es realmente “besho”. Es como Suiza pero sin Heidi y sin su abuelo vigilando que Pedro no le meta mano. Que estampa… (al paisaje me refiero).



Al final se aterriza en Kazbegi donde deberéis caminar o ir en un taxi 4×4 hasta la iglesia de la Trinidad Gergety. Allí, majestuoso, luce el monte Kazbek, el tercer pico más alto del Cáucaso. Un lugar emblemático del país con tremendas vistas. Cuando estuve en Kazbegi, recuerdo que fui testigo de una situación de esas que no se deberían dar pero que son el fiel reflejo del momento histórico que estamos viviendo.



Había llegado con un pequeño grupo de gente y nos dispusimos a comer en un restaurante del pueblo que prometía suculentas porciones de carne. En la mesa se sentaron dos musulmanes de Oriente Medio y a los pocos minutos llegaron dos chicas de Israel. Yo, como siempre, hablo con todo el mundo y empecé a darme cuenta de que se estaba creando muy mal rollo.

Los dos musulmanes (que eran majísimos) nunca hablaban (ni miraban) a las israelíes por lo que la conversación era un poco extraña. El punto álgido llegó cuando el tema llevó a mencionar Israel por motivos de viaje (no políticos) y uno de los musulmanes repetía una y otra vez que no conocía un país con tal nombre.



Menos mal que las raciones de carne resultaron no ser tan grandes y terminamos pronto porque se podía cortar la tensión con cuchillo. Parece mentira que, con lo supuestamente avanzados que estamos como especie, pasen estas cosas. Cuanto odio hay en el mundo. Y no me estoy refiriendo al islam en concreto sino a muchos ámbitos, religiones y puntos geográficos. Sólo hay que ver la política en España.



En fin, para quitarme el mar sabor de boca, me fui a David Gareja. Este sitio se convirtió en uno de mis preferidos de Georgia. Está en medio del desierto en la frontera con Azerbaiyán y es fantástico. El primer lugar que te hace sacar la cámara es el monasterio de Lavra que es total pero lo mejor es subir a la montaña donde, si te descuidas (bueno, y si no también porque es difícil), cruzarás a territorio azerí.



Las vistas del desierto son realmente increíbles y los templos excavados en la roca (complejo monasterial de Udabno) por toda la ladera que da al país vecino, una maravilla. Con frescos y todo allí en medio de la nada. No es un lugar apto para todos aunque sí para cualquiera que esté en condiciones físicas normales. A algunos les podría resultar dura la subida y resbala mucho el terreno. Para los patosos de pies, que vayan despacito que hay lugares estrechos.



A mí me fascinó el lugar y me dediqué a meterme en los templitos más difíciles como si fuera una cabra. David Gareja me encantó de verdad. Con calmita, ¿eh? Y hacéis un picnic por allá. Hay más lugares en Georgia que merecen la pena como las montañas en Svaneti o la zona vinícola de Kakheti (la cultura del vino en este país es muy notoria y podéis hacer todas las catas que queráis) pero creo que ya será en otra ocasión. Yo, tras unos cuantos días intensos en Georgia, me dispuse a ir a Azerbaiyán en el tren nocturno donde me esperaban… el hombre de una sola pierna, la azerí de tierna mirada y el militar georgiano destinado al más allá…

Y por esta semana os dejo que me estoy enganchando a película de serie B que han puesto en la tele y se me van los ojos. Ya sabéis, de esas que se llaman “Asesinato impulsivo” o “Amores inhóspitos”… Que creo que no he visto nunca una pero ésta… No sé… Hoy debo de estar un poco “empanao”…

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