DE NORTE A SUR (I)

Etiopía, todo un mundo difícil de comparar con el resto de África

Etiopía, un
Etiopía, un "must" para los amantes de África. (Foto: José Antonio Ruiz)
A Etiopía se viene a ver principalmente vistosas tribus y templos cristianos. Pero es un país con mucho más. Mundos distintos, viajes diferentes, experiencias dispares.
Todos los viajeros nos pasamos el día pensando en nuevos destinos, nos imaginamos nuevas aventuras y tenemos una lista de los lugares que más nos gustan. En mi lista africana estaría, sin lugar a dudas, Etiopía. ¿Por qué? Porque es un país visualmente muy atractivo, enormemente diverso, sorprendente…

Y aunque no es perfecto, y os contaré por qué, definitivamente es uno de mis preferidos del continente negro. Pues venga, dejamos el caos exótico de Manila en Filipinas en la que nos sumergimos la semana pasada y volvemos a nuestra querida África. ¡Adelante!



No es mi intención hacer una guía completa sobre Etiopía pero sí dejaros pinceladas de lo grandiosa que es esta nación. Al mismo tiempo, y como siempre, no dejaré de contaros algunas de mis andanzas.



Quizá éste sea uno de los destinos más solicitados por turistas y viajeros con dirección a África. Las agencias de viajes y operadores hacen su agosto aquí básicamente porque es difícil no volver contento. El choque cultural es brutal, los paisajes tremendos, las tribus fascinantes y, en relación con muchos de sus vecinos, más seguro. Aparte, se come de lujo y tiene infraestructuras suficientes para acoger a sus visitantes.



No es fácil comparar Etiopía con otros países de África ya que es un mundo en sí mismo. Un viaje a Etiopía no se parece en nada a un viaje a Kenia o Tanzania y mucho menos a uno a la República Democrática del Congo o a la República Centroafricana. Como digo, un mundo aparte.



Si tuviese que resumirlo mucho, mucho, diría que aquí se viene principalmente a ver vistosas tribus y templos cristianos de lo más particular. Es mucho más, ¿eh? Pero os hago esta distinción ya que es probable que veáis viajes divididos entre Norte y Sur. En el Sur predominan las tribus, en el Norte, los templos cristianos. Mundos distintos, viajes diferentes, experiencias dispares.



Al final, nos encontramos con unos contrastes increíbles y con decisiones a tomar si nuestro tiempo es limitado.



Yo comencé mi viaje por la capital, Addis Abeba. Tiene su aquel, la verdad. Agradable y con un desarrollo evidente (sin dejar de lado un poco de caos africano, claro está). Es el punto de partida de toda aventura en el país y un buen abreboca de lo que viene. Tiene un mercado gigantesco, una catedral imponente y unos restaurantes de altura. Buen lugar para empezar a disfrutar una de las gastronomías más suculentas de África.



La base de muchos de sus menús es el injera. Una especie de pan plano esponjoso que está de lujo pirujo pero ¡¡OJO!! No os infléis (como yo, jeje, que se me fue la mano) o pagaréis las consecuencias en el baño. Carnes y otros productos con mucho injera es algo que a veces echo de menos. Afortunadamente, los restaurantes etíopes se pueden encontrar en muchas ciudades, como es el caso de Madrid, por si quieres ponerte hasta las cejas.



No hay que olvidar tampoco sus cervezas. Algunas especialmente buenas de verdad.



¿Os suena el nombre de Lucy? Pues el esqueleto de esta “pituki” o, mejor dicho, esta Australopithecus Afarensis se encuentra en el Museo Nacional de Etiopía. Tiene más años que Matusalén. Son unos cuantos huesecillos pero siendo un descubrimiento arqueológico tan relevante, hay que ir, ¿eh? Luego te puedes tirar el rollo en plan “Sí, dentro de mis múltiples viajes de marcado acento arqueológico y siguiendo siempre mi profundo interés en la capacidad evolutiva de nuestra especie… bla, bla, bla… Lucy… Bla, bla, bla… Australophitecus… bla, bla…”.



Dejé la capital atrás para dirigirme al Sur, hacia Arbaminch pasando por Butajira y Hoisana. En una de las paradas había un rasta (por cierto, recordad que para el movimiento rastafari, el mesías no era Bob Marley, ¿ok? sino Haile Selassie I, emperador de Etiopía) que era un risas total. Tras ver un poco cómo vivían por allí, sacó una botella de no sé qué movida y empezamos a beber chupitos mano a mano. Yo terminé vestido de… bueno, de lo que veis en la foto…



Más al Sur, en dirección a Jinka, llegué a Konso. Qué bonito Konso… Una de esas aldeas que te trasladan. Tras dar un buen paseo por allí y conocer a sus gentes, había un ritual con una piedra para ver si te ya habías hecho hombre que cada niño debía pasar a ciertas edades. Yo cogí aquel pedrolo y casi me da un yeyo. Salí de la aldea en plan pureta con las manos en los riñones diciendo cosas como “no, no, que va, si es del coche…”. Eso sí, salí como todo un hombre…



Siguiendo hacia el Sur, adentrándome en el Valle del Omo comenzó verdaderamente el desfile de tribus. A cada cual más pintoresca, más particular. La primera fue la Tsemai, luego los Mursi… y tantas otras. En el mercado semanal de los Bena en Key Afer me encontré rodeado de otras muchas de ellas como los Aris, los propios Bena, los Hamer… Cada persona con el atuendo correspondiente de su tribu. Colores, olores, mucha vida en el mercado. África en pura esencia.



Me centré en los Hamer a los que pude visitar en diversas aldeas para conocer mejor su estilo de vida. En una de esas visitas, me picó una avispa en el brazo que casi me deja tieso. Me han picado todo tipo de bichos en mis viajes pero jamás de los jamases me había dolido tanto una picadura. ¡¡¡Me estuvo doliendo varias horas y molestando tres meses!!! Ellos me decían que eran abejas pero les dije que me enseñaran algún nido de estos bichejos (para llevarme uno si podía) para comprobar que eran avispas de color negro y marrón que hicieron que se me dibujara un mapa de Australia en relieve de unos cuatro centímetros de diámetro en el antebrazo. Gajes del oficio.



Tuve un encuentro muy curioso con un señor al que vi sentado en una mini-silla de madera (que llevan a todas partes y usan para sentarse mientras están con el ganado). Le dije que se la compraba y empezó a hacer unos gestos interesantes con las manos para negociar. Era como jugar a piedra, papel o tijera. Finalmente, me hice con la técnica y tras un buen rato allí haciendo gestos los dos, llegamos a un acuerdo y me la llevé pero lo mejor de todo fue la negociación.



Y tengo mucho todavía que contaros de las tribus, del fascinante Norte de Etiopía y de muchas cosas que vi (y que no todas me gustaron) así que sigo la semana que viene, ¿ok? 

¿Te gusta TravelZungu? ¡Compártelo!
 

Comparte esta noticia

COMENTARIOS