TRADICIONES ARRAIGADAS

El Baile del Fuego en Samoa, un paraíso terrenal en el Pacífico

La danza del fuego está muy arraigada en la cultura de Samoa. (Foto: José Antonio Ruiz Díez)
La danza del fuego está muy arraigada en la cultura de Samoa. (Foto: José Antonio Ruiz Díez)
Samoa es un país con cierto desarrollo pero que además esconde maravillas visuales que harán soñar a más de uno. Y anécdotas como la noche de bodas polinesia.
Las islas del Pacífico Sur son el paraíso terrenal y aquel que las ha visitado y se ha adentrado en sus aguas coincidirá conmigo. Samoa es un país con cierto desarrollo pero que esconde maravillas visuales que harán soñar a más de uno (o una). Así que nos alejamos de Astaná, la ciudad del futuro en Kazajistán y volamos a este archipiélago de la Polinesia.



Ya sabéis lo que me gustan a mí el Pacífico, Oceanía y las islas perdidas. Y aunque Samoa no está muy perdida (bueno, según se mire) y tenga edificios, no deja de ser una pasada. En primer lugar, vamos a ubicarnos.

A ver… este país, cuyo nombre completo es Estado Independiente de Samoa, está entre las Islas Salomón y la Polinesia Francesa o entre Nueva Zelanda y Hawaii o entre Papua Nueva Guinea y la Isla de Pascua. ¿Ya estamos? ¿No? Bueno, con peras y manzanas: Entre China y Chile. En español: A tomar por…



A diferencia de otros países como Kiribati o Palaos, este lugar no fue divisado en primera instancia por un español. De hecho, fue un holandés llamado Jacob Roggeveen en 1722 que probablemente quería plantar allí un molino. Jacob, que era muy tradicional él, iba con una esponja de esparto en la cabeza de esas clásicas del siglo XVIII y unos incómodos zuecos de madera. Y claro, se miró los pies, vio el tamaño de su molino, escudriñó la costa sin detectar puesto alguno de patatas con mayonesa y dijo: “¡Uf! Que movida… Paso…” y siguió rumbo.



Luego llegó Louis Antoine de Bougainville en 1768, también con su esponja de esparto aunque algo más gorda, y se lo tomó algo más en serio. Luego, ya sabéis, que si unos que si otros… hasta su independencia en 1962.

No puedo decir que sea mi isla preferida de la zona (el país la componen dos realmente) pero quizá se deba a que tuve que adelantar mi vuelo de salida (para evitar tener que quedarme poco menos que a vivir allí si no). Por tal motivo me quedé sin poder visitar algunos lugares que prometían bastante. Por otro lado, a mí me van más las islas a las que cuesta mucho llegar y no hay casi desarrollo o ninguno.



En cualquier caso, el viaje me dejó algunas experiencias y recuerdos que hoy os quiero relatar. Apia, la capital, tiene hasta McDonalds y es relativamente cómoda con suficientes servicios para el visitante. Me la pateé de cabo a rabo. Nada especial pero en uno de esos paseos me metí en un bareto a tomarme un cerveza. Entre pitos y flautas terminé hablando allí con un extranjero que estaba casado con una samoana.

La conversación no podía ser más interesante. La cultura autóctona, los porqués, los cuándos, los cómos… hasta que me contó la noche de bodas con su flamante esposa. ¡Ojo! Desde un punto de vista cultural, ¿eh? Y fue algo así: “Claro, yo no sabía muy bien qué costumbres tenían para tan indicada noche y, de repente, me vi en una cama tradicional grande, en la habitación sin paredes de un palafito de paja… ¡Con toda la familia mirando!”.



Me contaba que a la consumación debían asistir testigos. Así que no le quedó otra que marcarse un misionero, trasero peludo mediante, ante la tropa y durante un buen rato. No le pregunté si luego sacó cada uno un cartelito con la puntuación… No sé, por no humillarle más supongo.



Tras recorrer alguna que otra playa, zonas volcánicas y adentrarme un poco en la selva (os debo esas fotos porque no se cargó la cámara) llegó a mis oídos que en la otra punta de la isla iban a hacer un show de baile polinesio que no me quería perder. El problema es que no tenía transporte y me tocó hacerle ojitos allí a la gente y terminé metido en la “fregoneta” en la que iban los músicos y las bailarinas. Unas risaaassss…



Todos cantando, bailando, muertos de la risa, fumando… Y yo con ellos, claro. Lo que no me imaginaba era lo que iba a ocurrir una vez allí. Que si cántico por aquí, que si bailoteo por allá, al final terminé en el escenario sin camisa dándolo todo con una falda de paja. No creo que me pueda olvidar. Y seguro que la audiencia (al menos 150 personas) tampoco…

La última noche, cuando mi vuelo amenazaba con despojarme del placer de seguir allí, asistí a una danza del fuego. Muy arraigada en su cultura y un verdadero espectáculo. Bastante recomendable si nunca habéis visto a una persona haciendo malabarismos con llamas por todos lados.



Y así, como llegué, en breve me fui, con la firme intención de volver para conocer más porque Samoa tiene mucho más. Y hablando de firmes intenciones, voy a terminarme la caja de cereales que empecé hace un par de horas y que todo apunta a que me la ventilo completita…

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